
Siempre consideré a la docencia como una actividad de dos sentidos; del maestro al alumno y viceversa. La lectura me da un enfoque más variado; en la docencia te puedes aburrir o puedes vivir con pasión. En cada línea que leemos vendrán a nuestra memoria diversas situaciones propias o ajenas, incluso personajes, compañeros de trabajo o nosotros mismos, cuyas características laborales se reflejan en el texto. ¿A cuántos compañeros hemos escuchado decir que están en la escuela porque no hay otra cosa o que con gusto renunciarían sí encontraran otro empleo mejor remunerado? ¿Y que de los alumnos cuando identifican que uno de sus maestros esta ahí refugiándose del mundo porque no tiene otro trabajo o que no sabe que hacer en clase? Uno de los temores o de los malestares docentes con el que me identifico es el miedo inicial a que se me acabara el material que había preparado para cada sesión, que me preguntaran algo que no supiera contestar, o que se presentara una situación de indisciplina que fuera incapaz de controlar o corregir. Luego vino lo que Esteve llama la libertad, la libertad de estar en clase con seguridad, y luego la alegría, la alegría de sentirte útil y de valorar tu trabajo docente. Esteve rescata y enlista circunstancias que todo docente con cierta experiencia sabe aplicar, pero que no necesariamente las puede explicar. Es decir, sabemos que hacer pero no podemos enseñarlo a los demás compañeros; ése es un ejercicio de búsqueda individual. Podemos aconsejar y ayudar, pero el talento o el instinto docente viene de adentro de cada uno de nosotros.
A mí me hace mucho ruido el asunto de la idealización; lo que el buen profesor debe hacer y decir y pensar. Y es que me molesta enterarme como algunos compañeros luchan contra sus alumnos. En un triste caso me entere de una compañera que calculó el número de alumnos que tenía que enviar a presentar examen extraordinario en función al costo de los libros que su hijo necesitaba en la universidad. No hay día en que no se queje de todos los alumnos por las más diversas causas, pero no una queja natural, por llamarla de alguna forma, sino dolosa, incisiva, como si odiara su trabao y peor aún; a los jóvenes. Y tiene años como docente. Maestros de humanidad suena en mi cabeza al recordar esta situación lamentable que les comparto. Pero también esta la otra parte, la mayoría, los que disfrutan batallar con cincuenta locos por grupo sabiendo que no son adultos chiquitos, sino adolescentes que, precisamente, aún adolecen, y que ser joven y no ser rebelde resulta una contradicción hasta biológica (nos toca luego encausar todo esto). Aquellos que saben por experiencia de vida que la esencia del trabajo docente es servir, saber escuchar, saber preguntar y saber contestar con humildad. Aquellos maestros que sin poder explicar como es que saben que hacer, ocupan lugares diferentes en el aula de acuerdo al momento de la clase, que interpretan las señales que emiten sus alumnos para regular nuestro el ritmo de sus clase. Un docente que sabe que un problema de disciplina es un problema muy unido a sus sentimientos de seguridad y a su propia identidad. Un maestro con el convencimiento de que los alumnos no son enemigos de quienes tiene que defenderse, que sabe que tiene que adaptar los contenidos de enseñanza al nivel de conocimientos de los alumnos. Maestros que abren el apetito de sus alumnos por el deseo de aprender y de saber, y que hacen lo imposible por evitar dejar a algunos en el camino en pos del avance programático o bajo el popular argumento: pues yo ya lo expliqué, no se donde habrá estado usted.

No hay comentarios:
Publicar un comentario